viernes, 3 de agosto de 2018

ArtNexus


CRÓNICAS

Magdalena Fernández
Carmen Araujo Arte

Magdalena Fernández asumió con franqueza la tradición de la abstracción para replantear orgánicamente sus bases y, en este sentido, ha sabido conducir lo formal-constructivo a un problema de cuerpo, reconsiderando las estructuras desde una perspectiva fenomenológica que transita lo sensual, el movimiento. La exposición Estructuras elásticas gira en esta dirección y podría ser entendida como un balance de sus aportes al manejo de las tensiones de las líneas en el espacio. La rigidez geométrica cede ante lo flexible gracias al empleo de materiales dúctiles que juegan en el espacio: caucho, goma, vigas elásticas, acero y esferas de metal. Encontramos acá un trabajo severo, desnudo y sin adornos, que atiende críticamente los problemas del arte abstracto heredados en Venezuela de los dos grandes pilares conformados por Gego y Jesús Soto.
La exposición se compone de 1i018, de 2108, una instalación monumental y pieza principal de la muestra, que abarca la sala completa del Secadero #2 de los espacios de la Hacienda La Trinidad. En ella el espectador es invitado a descomponer y reconfigurar el movimiento de la obra. Pequeñas esferas de acero se encuentran suspendidas y unidas entre sí por medio de las delgadas y maleables vigas que les permiten flotar, y parecen hilar una trama de líneas que mantiene un dinámico y frágil equilibrio. La estructura palpita, respira, responde a la proximidad del espectador que interviene su curso al penetrarla. Esta es una instalación importante por su escala y sus contribuciones a la manera de abordar el espacio como una especie de tejido celular, donde los latidos de las pequeñas esferas de acero producen efectos de ligereza, de sutil liviandad. Ella encarna los dos polos conceptuales que orientan el trabajo de Fernández al reconstruir espacialmente el legado de la modernidad y, a la vez, renovar sus bases con el ingreso de la naturaleza, lo cambiante, las mutaciones y la piel de las estructuras. Un aspecto interesante de 1i018 es la producción de ese efecto de movimiento sin apoyos de proyección de luces, sonido o imágenes de videos. La geometría se hace volátil y pasa a ser una especie de espectro suspendido de lo corporal, generando situaciones originales para nuestra comprensión de la relación con el entorno. A través de líneas, esferas y movimientos, nos lleva a la más íntima esencia de lo material, a un campo de mutaciones más orgánicas. Es decir, el espacio –sus módulos y retículas– se vuelve cuerpo, aire, atmósfera, originando con ello una espacialidad alternativa, una nueva escala de percepción donde el espacio es expresión, experiencia profunda, sentida, completamente separada de las derivaciones funcionalistas de la abstracción formal.
La segunda sala (Secadero #3) acoge un conjunto de esculturas y dibujos. Las líneas escultóricas dibujan y fluyen en el espacio. Son obras independientes que conservan y desarrollan los principios orgánicos –casi biológicos– de las instalaciones. Son pequeñas arquitecturas inestables pero de enorme integridad estructural. La transparencia es uno de los motivos mejor logrados para obtener el efecto de vuelo en estas piezas, cuyas modulaciones asimétricas imponen una visualidad diferente, también asimétrica, que obliga al ojo a moverse en múltiples direcciones y contrastes, y nos lleva al campo de lo casi visible, lo in-material: las formas se diluyen en el espacio, el espacio se diluye en las formas y se transforma en vivencia inmaterial, en fuente posible para una relación con la poesía. La escultura 1ee018, de 2018, se desplaza en esa suerte de campo estético abierto a lo inmaterial por Magdalena Fernández. Podríamos pensarla como dibujo en el aire, sin papel, que mantiene el mismo patrón geométrico esencial de la composición de sus obras: líneas y puntos enlazados en módulos orgánicos que se mueven libremente y sugieren territorios aéreos, transparentes, que borran y diluyen los límites de las estructuras, des-trazan el cuadrado. La misma reflexión se desprende de 1epp018, de 2018, pero en este caso, la estructura gira en remolinos que jamás nos permitirán alcanzar el centro porque, paradójicamente, sus líneas y esferas rotan excéntricamente, haciendo estallar la forma en un movimiento que no cesa y que nunca se dejará controlar. En los dibujos se invierte la paradoja del espacio porque, si bien son elaborados en tinta sobre papel, su trazo no parece obedecer al soporte, por lo que adquiere un inesperado vuelo sobre la superficie. 1d017, de 2017, y 34d015, de 2015, demuestran cómo la transparencia y la fragilidad abren a lo azaroso, a lo incierto, mientras conservan el talante expresivo y orgánico de la obra de Magdalena Fernández. En estos dibujos la artista deconstruye y reinterpreta la forma. La abstracción adquiere la fuerza sensual y sensible de una geometría vital, sin perder el rigor constructivo. Las líneas, las retículas, los cuadrados, los planos suspendidos, viven en una danza sin extremos, casi oculta pero con el ímpetu del gesto de las delgadas pero densas y elocuentes rayas que estos elementos construyen. La superficie del papel es más bien tejido y piel que conectan al espectador con el despliegue de las emociones más profundas.




MARÍA LUZ CÁRDENAS




















Magdalena Fernández. 1i018, 2018. Instalación. Dimensiones variables. 
Foto: M. Fernández. Cortesía de la artista y Carmen Araujo Arte.




jueves, 26 de abril de 2018

Magdalena Fernández: De Mares a Estructuras Elásticas


Tras su instalación corporal “Mares” del teatro  Centro Cultural Chacao, abre Magdalena Fernández su exposición “Estructuras Elásticas”, Galería Carmen Araujo, Hacienda La Trinidad, Parque Cultural.
“Mares nace con la idea de producir un vídeo en el cual dibujar en el espacio y hablar del mar como superficie y sonido, pero a través del cuerpo como recurso mínimo.” (Magdalena Fernández).
Una noche dejé la computadora descargando las instalaciones de Magdalena, y tardó tanto que, olvidando el proceso debido a lo lento de nuestro internet, me dormí. De repente desperté por el fuerte trinar de los pájaros del amanecer, acompañados de un coro de grillos y al abrir la cortina vi que todavía era de noche; no comprendía lo que estaba pasando, y por segundos sentí que ocurría un acontecimiento telúrico paradójico. Al volver a la computadora y prenderla vi pulsares rítmicos de puntos y luego el fluir de hojas en la pantalla del monitor que armonizaban con esa sinfonía de naturaleza que rodeaba mi espacio-tiempo. Este es uno de los acontecimientos estéticos, que más me han impactado. Comprendí lo poderoso del uso poético de  la era digital. Es gratificante que en una Venezuela como la actual, asediada por la intolerancia, el fanatismo, y el uso del poder como herramienta para castrar la libertad interior, se continúe creando como lo hace Magdalena Fernández con altos niveles de excelencia y compromiso con la vida como síntesis  holística, que nos llevan a creaciones de instalaciones corporales como Mares, presentada recientemente en el teatro del Centro Cultural Chacao  y la propuesta expositiva “Espacios Elásticos” donde las leyes de la física parecerían  ser contravenidas, y las manzanas de Newton en lugar de caer de un árbol,  parecieran volar al espacio sideral. Estos son signos y evidencia de que en Venezuela se sigue creando con vigor vitalista propio de la visión femenina. Lo cual da esperanza de que todavía haya un camino de liberación que está germinando en esta pequeña Venecia.
 La integración de las artes como una realidad poética, que trascienda las barreras que imponía el modernismo se materializan en la instalación corporal “Mares” de Magdalena Fernández, trasladando al espectador a una dimensión donde el lenguaje corporal de la danza contemporánea se hace eco de una geometría oceánica que se transforma en cuerpo, palpitación, sangre, movimiento, y música coral.
La mar se materializa frente al otro, con metáforas que lo sumergen a sus océanos interiores.  Lo transportan a los orígenes de la vida, a los océanos primigenios donde de la oscuridad surgió. De igual forma, como  el negro de la indumentaria de los bailarines  y del espacio en que se integraban la multiplicidad, para  transformarse en  unidad que mutaba en símbolos corporales de reflejos de la luz sobre el agua, transparencia, destellos,  tramas geométricas como las que se muestran en los fondos marinos  al ser traspasada el agua salobre por la luz solar y dejar como testigo de esta fusión las fugaces  tramas de luz  sobre la arena, que asumen  formas insólitas: rombos, círculos, mándalas creados por el azar del cosmos, y la energía de una estrella incandescente como es el sol en torno a la cual gira nuestro planeta aproximadamente a 149 millones de kilómetros.  La concentricidad circular de las ondas que dejan los objetos al caer sobre el agua, se materializan en los 45 cuerpos, acompañados de coros oceánicos de la Fundación vocal Aequalis, metáforas sonoras de la respiración; entrelazados al dinamismo de lo curvo que se sentía como éter dinámico en las corporeidades de cada uno de los integrantes de la instalación corporal.
En Mares, se podía llegar a sentir el chispeante movimiento de la superficie marina al ser acaricida por fuertes brisas, de la cuales se hacían eco los hombros de cada uno de los cuerpos que se mostraban frente al público. Los brazos se desmaterializaban para convertirse en salinidad, en mar rugiente, pero a su vez símbolos de los cambios drásticos como son el paso de la desbocada brisa marina y el dar paso a la calma por cortos intervalos, tal como sucede en la mar por los cambios de temperatura, la gravedad y los ciclos lunares, evidenciando que en el cosmos todo esta entrelazado, como en la instalación lo estaban íntimamente los movimientos corporales con la oceánica musicalidad coral.

Asumir el reto de materializar estas dimensiones que son vitales y, urgente  a ser recuperadas por la contemporaneidad, requerían de una sensibilidad como la de Magdalena Fernández, que ha vivenciado en sí el furor y la calma de lo oceánico y de esos espacios y tiempos que rodean  nuestra cotidianidad como es el viento, el caer de las hojas y su danzar al ser atraídas por la gravedad, instantes que son acompañados de una sinfonía de vida como es el trinar de aves, y grillos que parecieran regidos por una partitura cósmica, que la artista ha sabido reflejar en el desarrollo de su lenguaje plástico; donde la revolución tecnología digital  y sus medios se despojan de su frialdad para convertirse en dimensión estética que transforma al hacer humano, en una realidad trascendente y de comunión con el universo. En cada una de estas instalaciones, la artista ha utilizado la percepción de espacio- tiempo donde el ser se integra a su entorno, tal como las civilizaciones y sociedades tradicionales que existen y existieron acobijadas por él. Provocando en el otro, cambios en su percepción y vivencia de la realidad.   
Eduardo Planchart Lice
 Foto: Raquel Cartaya

Sobre Magdalena Fernández Arriaga...


Al ritmo pausado de la respiración, donde cada inhalación invade al cuerpo con la ligereza imprescindible del aire, Magdalena Fernández Arriaga reconcilió a su público de Caracas con la vida, al presentar su instalación corporal Mares.



Siendo domingo, las calles de nuestra ciudad en estos últimos tiempos muestran una desnudez que invita al recogimiento. Hubo que hacer un esfuerzo para abandonar nuestros hogares en la mañana lluviosa del pasado 4 de marzo y acercarnos al Centro Cultural Chacao.


En sus muestras individuales, instalaciones y videos, Magdalena Fernández Arriaga, artista venezolana nacida en Caracas en 1964, siempre ha apostado por el abstraccionismo. Su obra prescinde de toda figuración, pero utiliza para su expresión una nueva realidad íntimamente cercana a lo natural,  la que se encuentra en la ínfima exhalación de la Naturaleza. Su obsesión por representar la sutileza de lo mínimo, se ve a lo largo de una trayectoria que la ha llevado a presentarse en Suiza, España, Colombia, Portugal y Estados Unidos.

Eso que el escandaloso mundo del espectáculo nos ha arrebatado de la retina, eso “esencial invisible a los ojos” a que se refería Saint-Exupéry, la artista caraqueña lo ha dibujado  de luz,  sonido de gotas o  destellos de sombras. En esta ocasión, para Mares, la artista plástico representó su proyecto sensorial, dibujando frente a nuestros ojos con cuerpos en movimiento como único recurso.

Fernández Arriaga considera que en 1993 el agua fue el concepto generador de su primera instalación. Ahora en Mares, cuarenta jóvenes constituyen su instrumento. Vestidos con idénticas mallas negras, dejando al descubierto solo brazos, hombros y  pies, los cuerpos aparecieron en escena acostados en el piso de La caja del Centro Cultural Chacao, colocados de una manera en la que apenas rozaban a los que estaban a su lado. Ese tapiz humano se mantuvo inmóvil por varios minutos en los que se oía al fondo el sonido profundo de una respiración. Ese momento inicial exigía el complemento que la artista dice necesitar en su obra: la percepción del público. Pocos minutos bastaron para entender que había que asentar los sentidos en sutiles mensajes, dejar que nuestras sensaciones se sumergieran en ese mar de pieles que se estaba presentando.

Como espuma de pequeñas olas, los plexos solares de los bailarines comenzaron a elevarse por encima de sus cabezas, hasta ir todos acoplándose a una tendencia desconocida  que nos remitió a las profundidades marinas. Con el ritmo inequívoco de la evolución, las figuras después de desarrollar una relación individual con el suelo, a través del desplazamiento de sus brazos que subían y bajaban acariciando la superficie, lograron dominar la fuerza para alzarse por sí mismas. Dos bailarines ajenos a la corriente entraron en escena con movimientos lentos, al mismo ritmo calmado de la puesta en escena, pero con unos gestos novedosos que contagiaron al resto de la manada. La unidad genésica fue convirtiéndose poco a poco en pequeños grupos carnales que al ritmo de la respiración se abrieron y cerraron sobre sus centros, al igual que plantas submarinas, corales, medusas.

El imperceptible final para quienes nos dejamos hipnotizar por la propuesta de la artista, nos hizo despertar de un letargo beneficioso tras los minutos de paz brindados por la instalación corporal.

Josefina Benedetti, que nos ha acostumbrado a acordes cerebrales más que auditivos, esta vez vistió su composición musical de sensaciones, y junto a los integrantes de Aequalis, grupo que dirige Ana María Raga, dio la sonoridad justa para acompañar el rocío sensorial con que Magdalena Fernández nos salpicó el alma.

La artista plástico convidó con generosidad a este paréntesis emocional, el cual nos estimuló potencialmente cuando percibimos que más de cuarenta jóvenes venezolanos, con sus cuerpos dotados de juventud y el exigente entrenamiento para la danza, tuvieron la oportunidad de participar en una puesta en escena de mucha disciplina y alto valor estético.

Los ríos sensoriales de quienes presenciamos la instalación corporal Mares, corrieron por venas invisibles y nuestras pieles pudieron agradecerlo.

Tan solo dos semanas después, en otro municipio de nuestra ciudad, esta vez en uno de los espacios de los Secaderos de La Trinidad, la artista Magdalena Fernández vuelve a dejar su sutil pero característica impronta. Dos salas de la galería Carmen Araujo Arte son invadidas por sus instalaciones, y con su clarividencia de lo imperceptible, como motas de polvo sostenidas tras la luz, la artista vuelve a tejer una malla transparente y vital ante nuestros ojos con el realce lúdico de sencillos materiales elásticos.

Surge como un rayo clarificador esta artista, quien en medio de la oscuridad alza un susurro, un halo, que nos hace volver a lo primigenio y nos abraza con equilibrio frente al aturdimiento colectivo.

Gisela Cappellin















Foto: Edgar Martínez


                                                                  
                                                              Foto: Raquel Cartaya

miércoles, 10 de mayo de 2017

Fragmento de "Lenguaje y vocación política en el arte contemporáneo" de Sandra Pinardi.

En torno al arte contemporáneo venezolano

En los últimos 20 años, el arte contemporáneo venezolano ha estado inmerso en una situación social compleja y problemática, en la que lo que prevalece es una “violencia” fáctica o simbólica irrestricta, por ello, nuestro arte ha concretado su vocación política inscribiéndose en el mundo como una especie de documento crítico, de “archivo”, en el que se depositan diversos aspectos fundamentales de nuestra realidad, identidad e historia.

Por ello, a pesar de sus diferencias, la mayor parte de las producciones artísticas contemporáneas venezolanas se han realizado a partir de dos estrategias distintas y, en cierto sentido, contrapuestas. Primero, a partir de la re-interpretación sostenida de la tradición abstracto-geométrica dominante desde mediados del siglo pasado, y que se afirma históricamente como el ingreso de la cultura nacional a la modernidad, con un proyecto de “civilidad” que propone la transformación de lo común hacia particiones más racionalizadas e institucionales. Segundo, construyendo un fragmentario archivo testimonial de los modos de ejercerse la violencia en nuestro entorno socio-político, así como de los efectos que ella tiene en las formas de vida ordinarias.

En el primer caso, se trata de una “recuperación crítica” del proyecto moderno al interior de un contexto socio-político que tiene una tendencia francamente pre-moderna y, en cierto sentido, “ruralizante”. Esta recuperación de la tensión utópica y proyectiva de la modernidad, a través de la reinterpretación del sueño racionalista y geométrico, opera como un momento de crítica –de puesta en crisis- de la función representativa y simbólica tanto de los discursos políticos como estéticos.

Hoy encontramos a su vez, dos vertientes, por una parte, obras que haciendo énfasis en lo visual, en lo propiamente plástico, recuperan los elementos geométricos y cromáticos propios de esta tradición y proponiendo reelaboraciones en las que ese modo abstracto se modula, se “naturaliza”, se flexibiliza y se hace leve, frágil, inesperadamente poético. En esta primera vertiente tenemos a artistas como Magdalena Fernández, quien con sus videos e instalaciones, reinscribe y reinterpreta momentos fundamentales de la historia del arte y del arte geométrico (global y latinoamericano), fragilizando la rigidez geométrica impregnándola de sonidos, quiebres y movimientos, y convirtiéndola en una experiencia sensual, orgánica que tiende hacia la naturaleza. Jaime Gili, cuya apropiación de la tradición geométrica y abstracta se realiza estableciendo una suerte de discurso sobre la eminencia de la representación y sobre sus sistemas de construcción, logrando producir unos dispositivos de percepción en los que se trastocan las polaridades tradicionales propias de las lógicas de la representación. Eugenio Espinoza, para quien el hacer artístico es un ejercicio irreverente, gracias al que logra subvertir el cañón modernista con el que reiteradamente trata, sea desafiando el arte cinético, o involucrando en sus obras estrategias posminimalistas, o explorando diversos modos de participación activa del espectador. Juan Iribarren, con sus fotografías y pinturas, en las que la tradición geométrica se contamina de cotidianidad, de experiencia fenomenológica, elaborándose a la manera de un archivo que excede y convoca la pintura, la condición fotográfica y el espacio real de producción, y que opera como inscripción de su propia modo de ver, de su ejercicio de observación. Todos ellos, cada quien con sus propias estrategias, tratan la tradición abstracto-geométrica reconfigurándola críticamente, reconfigurando su lugar y sus pretensiones, contaminando de cotidianidad y actualidad sus figuraciones.

Por la otra, obras que reflexionan sobre la modernidad desde el punto de vista de lo urbano, sea retomando los productos arquitectónicos –cívicos- con los que ese proyecto moderno pobló las ciudades, especialmente la capital: Caracas, o sea indagando acerca de la forma-de-vida que lo urbano y la modernidad implican. Estas obras, recuperan los vestigios, los “desechos simbólicos9” diría Balteo, que conforman el legado de los distintos proyectos modernos que intervinieron la realidad venezolana durante buena parte del siglo XX. Tanto los que recuperan los espacios arquitectónicos, como los que reflexionan acerca de la forma de vida urbana, los trabajan críticamente para mostrar desde y en ellos los efectos y los fracasos que lo acompañan, las deudas que allí se generaron.

En esta segunda vertiente tenemos artistas como Alexander Apóstol, con diversos videos y fotografías, por ejemplo, en su obra Caracas Suite, Apóstol trabaja sobre algunos edificios paradigmáticos de la Caracas moderna que son utilizados como metáforas de la euforia modernizadora, del sueño de modernidad, que actualmente agoniza. Lavados, desechos, convertidos en ausencia (manchas blancas), en ellos se escenifica un programa de progreso que se inscribió únicamente en las arquitecturas, evadiendo (dando la espalda) a la heterogeneidad propia de la siempre cambiante realidad socio-política en la que se ubicaban. Luis Molina Pantín, con una obra heterogénea: fotografías, colecciones de objetos, afiches, instalaciones, elabora una “arqueología urbana” desde y en la que transita por los modelos simbólicos de lo urbano en Venezuela y Latinoamérica, impregnándose de cotidianidad, de recorridos y tránsitos, poniendo en crisis la obsolescencia prematura de los productos de la sociedad global, los cambios tecnológicos y la moda. Gerardo Rojas con sus múltiples “archivos” fotográficos de la ciudad de Caracas en los que registra sus miradas y sus tránsitos, su experiencia de la ciudad, reconociendo y clasificando sus individuos, movimientos, viviendas y paisajes, produciendo una suerte de narración cartográfica de la cotidianidad llena de vistas y detalles. Alessandro Balteo, quien ha desarrollado una práctica híbrida que incorpora las actividades de un investigador, archivista, historiador y curador, apropiándose de estilos formales o incorporando obras de otros autores. Retoma la modernidad haciendo hincapié en las nociones de autoría y autoridad cultural, elabora unos relatos que están motivados por cuestiones socio-políticas. De un modo más íntimo pero igualmente crítico, Luis Lizardo, con sus fotografías y revistas cortadas, genera unas obras que se construyen desde la representación como materia para constituir lugares de incertidumbre y en las que se muestra el desvanecimiento de un mundo, una realidad que se difumina. Luis Arroyo, quien indaga acerca de basta geografía de lo creador, elaborando unos objetos que pierden su carácter absoluto, su condición re-presentativa para establecerse como un obrar, como una actividad transitiva y transicional.

En el segundo caso, en el archivo fragmentario que da cuenta de los devenires de nuestra cotidianidad, sea documentando su violencia, o gestionando asuntos concernientes a la memoria y la identidad, las obras funcionan como testigos y testimonios de una realidad que se muestra siempre excesiva, excedente y exterior. En este sentido, ponen en crisis o hacen crítica de las estructuras socio-políticas y culturales tanto históricas como actuales, aquellas en las que convivimos así como de las condiciones mismas de posibilidad que en ellas se dan para el ejercicio de la ciudadanía y la convivencia; igualmente tematizan cuestiones concernientes a la identidad y a los modos cómo ésta se elabora y se expresa, sea en términos de una memoria personal que contamina –y se contamina- de problemas sociales, o en términos de la reinscripción y reinterpretación del patrimonio intangible.

Entre los artistas que dan cuenta del devenir de nuestra cotidianidad, en sus aspectos de mayor violencia y dureza, encontramos a Iván Amaya, con una instalación, en la que se indaga acerca de la cotidianidad y las formas de construir los barrios, reflexionando acerca de las condiciones de vida, así como de las tensiones que operan en la Venezuela contemporánea. Juan José Olavarría, quien elabora una suerte de “museo histórico de la Venezuela contemporánea”, elaborando unos lugares tenebrosos, incómodos, de sufrimiento y de violencia, ambientes sombríos y amenazantes en los que, irónicamente, exige una lectura crítica de las dinámicas socioculturales. Juan Carlos Rodríguez, quien se ha dedicado a explorar las diversas formas de vida que, antagónicamente, conforman la cultura nacional, desde paisajes en los que se comprometen por igual el imaginario popular y una mirada personal y reflexiva. Mariana Rondón, con sus instalaciones o videos, en las que con un lenguaje híbrido se reflexiona acerca de los sistemas de representación tanto políticos como culturales, así como acerca de las relaciones de poder y las condicionesde vida que allí se inscriben. Nelson Garrido, un constructor de iconografías inquietantes y críticas, en sus obras la realidad cotidiana se registra en sus aspectos más difíciles, y se elabora un relato de las prácticas recurrentes del ser urbano nacional. Luis Poleo, produce unos dispositivos divergentes, que operan irónicamente, y que en lugar de reproducir y afirmar las narrativas y estrategias del poder, las desenmascaran, las descubren, haciendo evidente tanto sus disconformidades internas, sus paradojas: sus absurdos y disparates, como algunos de sus efectos impensados. Eduardo Gil, quien afirma la textura política de sus obras al establecer una conexión con el mundo que se instala siempre más allá de las fronteras de la representación o la presencia imaginaria (a las que generalmente hace desfallecer) y que intenta imponer-se como momento de crisis y reconfiguración.

Algunos de los artistas que indagan la identidad y la textura del ser nacional, desde una mirada personal en la que confluye la gestión de la memoria y una comprensión crítica, encontramos a Julia Zurrilla, con sus videos, en los que textos e imágenes construyen narraciones indefinibles, en los que la palabra opera como figura y se reinscribe una crónica del presente, iluminada de pasado, en la que un tejido de fragmentos proponen una multiplicidad de sentidos que tensa un significado que se guarda siempre como secreto: una memoria velada, escurridiza. Christian Vinck, quien interpreta pictóricamente diversos tipos de “relatos” identitarios, en los que se ponen en crisis los modos tradicionales y autoritarios de representación. Marco Montiel-Soto, para quien la memoria es un acontecimiento que se convierte en un lugar de reflexión, en un circuito de retroalimentación, en el que se reconoce el artista y su cultura como una de la que no puede escapar, pero que cree que siempre puede alterar y volver a pensar. Iván Candeo, cuyas obras en video además de tratar problemas inherentes a la representación y las paradojas de la temporalidad, se ocupa en las fisuras alegóricas que transforman a los iconos en ruinas, así como en el desmontaje de espacios míticos y simbólicos. Juan Pablo Garza, cuya obra a partir de una persistente indagación sobre la fotografía como lenguaje y técnica, explora las posibilidades de transformación de los espacios cotidianos en materia expresiva, a partir de estrategias como la manipulación de escenas encontradas o la construcción de imágenes.

Esta vocación política es inmensamente difícil, por otra parte, porque al instaurarse en un ámbito en el que se han colonizado económicamente la comunicación y las experiencias estéticas, le es complejo lograr producir grietas en los órdenes establecidos de interrelación. Por ello, como respuesta a esta dificultad han consolidado una suerte de desimaginación de la imagen, para dar lugar a la aparición de espacios de “comunidad” y, especialmente, para deliberar políticamente sobre sí misma y sus contextos inmediatos.

Alessandro Balteo propuso en los años 90 una obra en la que proponía que los vestigios del proyecto moderno, en sus diversos modos, podían ser pensados como “desechos simbólicos”, una suerte de excresencias que a pesar de su condición de restos conformaban el acervo simbólico de Venezuela, especialmente de sus ciudades.